Crónica maldita de un rey
traicionado, condenado a vagar por toda la eternidad.
En una tierra olvidada por los
hombres y maldecida por los dioses, se alzaba antaño el castillo de Hölldark,
un monarca temido por sus enemigos y respetado por sus súbditos. Sus salones
resplandecían bajo la luz de candelabros y sus estandartes ondeaban orgullosos
sobre murallas que parecían eternas.
Pero ni las murallas más firmes
pueden proteger a un rey de la traición.
Fue durante una noche sin luna,
cuando los vientos aullaban entre las almenas y las sombras se arrastraban por
los corredores, que Hölldark cayó víctima de aquellos a quienes había otorgado
su confianza. Sus consejeros, sus más fieles servidores y los hombres que
habían jurado defender su corona conspiraron a sus espaldas. En el silencio de
sus aposentos, le ofrecieron una copa de vino envenenado.
El rey bebió sin sospechar.
Cuando el veneno comenzó a
recorrer sus venas, comprendió demasiado tarde que la muerte no siempre llega
empuñando una espada. Cayó de rodillas sobre el frío mármol, mientras las
figuras de sus asesinos emergían de las tinieblas. Intentó alcanzar su espada,
pero sus fuerzas lo abandonaron. Con el último aliento, aferró su cetro real y
lanzó una maldición que retumbó por todo el castillo.
—¡Aunque la carne se desprenda de
mis huesos y el tiempo devore vuestros nombres, no habrá tumba ni infierno que
me impida encontraros! ¡Os perseguiré hasta el fin de los tiempos!
Y entonces, murió.
O eso creyeron sus asesinos.
Porque aquella noche, algo más
antiguo que la propia muerte despertó entre las piedras del castillo.
Desde entonces, Hölldark jamás ha
encontrado descanso.
Su cuerpo se desvaneció, pero su
espíritu permaneció encadenado a los muros de su antiguo reino. Su armadura
ennegrecida cruje con cada paso, y bajo la corona quebrada apenas se distingue
el rostro cadavérico de un monarca consumido por la ira. En su mano derecha
blande la espada con la que conquistó reinos; en la izquierda sostiene su
cetro, símbolo de un poder que ni la muerte ha logrado arrebatarle.
Cada noche, cuando la oscuridad
cubre los campos y la niebla se desliza entre las ruinas, su silueta emerge de
las profundidades del castillo.
Recorre los deteriorados salones
donde antaño se celebraban banquetes, atraviesa galerías cuyos techos se han
desplomado y desciende por escaleras cubiertas de musgo, mientras sus pasos
resuenan como golpes de martillo sobre un ataúd. Los retratos de antiguos
nobles cuelgan torcidos de las paredes, sus rostros borrados por la humedad.
Las telarañas cubren los tronos vacíos y el viento hace gemir las puertas como
si las propias piedras lloraran por su señor.
Busca los rostros de quienes lo
traicionaron. Busca las almas de aquellos que le arrebataron la vida. Busca, en
cada sombra, en cada rincón olvidado, una respuesta que los siglos no han sido
capaces de entregarle.
Pero sus asesinos desaparecieron
hace mucho tiempo. Sus descendientes se convirtieron en polvo. Sus linajes
fueron borrados de los libros y sus nombres se perdieron en lenguas que ya
nadie habla.
Tras él, a una distancia
prudente, camina la figura encorvada de su antiguo bufón, el único ser que
permanece a su lado. También él murió aquella noche, aunque nadie recuerda si
fue víctima de la conspiración o si su lealtad lo llevó a compartir el destino
de su soberano. Su traje de cascabeles cuelga hecho jirones, su rostro pálido
conserva una sonrisa marchita y sus ojos vacíos contemplan con una tristeza
infinita aquello que una vez fue su hogar.
Ya no hace reír a nadie.
A veces, cuando Hölldark se
detiene ante un trono cubierto de polvo, el bufón inclina la cabeza y deja
escapar una risa débil, quebrada, tan amarga que parece el lamento de un niño
perdido. Otras veces, murmura antiguas canciones entre dientes, melodías que
resuenan por los pasillos como recuerdos de una felicidad que ninguno de los
dos podrá recuperar.
El rey nunca responde.
Y el bufón nunca lo abandona.
Así transcurren los siglos,
lentos e interminables, mientras el castillo se desmorona a su alrededor. Las
torres se quiebran, las murallas se hunden y la vegetación devora los patios
donde antaño marchaban los ejércitos reales. La lluvia borra los últimos
vestigios de su escudo y el viento arranca de las paredes los restos de sus
estandartes.
.
El tiempo pasa. Las estaciones se
suceden. Los imperios nacen y desaparecen. Las montañas cambian de forma y los
mares devoran costas enteras. Pero la maldición de Hölldark permanece, inmune
al olvido, aferrada a una promesa de venganza que ya ni siquiera recuerda cómo
cumplir.
Hasta que llegará el día en que
los últimos muros se desplomen y las piedras del castillo se conviertan en
polvo. Cuando no quede trono, ni torre, ni siquiera una sola piedra que
atestigüe que allí gobernó un rey, Hölldark seguirá vagando.
Porque hay maldiciones que
sobreviven incluso a aquello que las engendró.
Y cuando los eones hayan reducido
su reino a nada, cuando el viento disperse las cenizas de su historia y el
último vestigio de su castillo desaparezca bajo la tierra, el monarca
abandonará por fin sus ruinas.
Se adentrará entonces en el
Bosque del Olvido, un lugar donde los árboles crecen retorcidos como dedos de
cadáveres, donde la niebla jamás se disipa y donde los caminos cambian de lugar
para confundir a los vivos. Allí, bajo ramas que nunca han conocido la luz del
sol, continuará su interminable peregrinación.
Dicen que, en las noches más
oscuras, los viajeros escuchan el tintineo lejano de unos cascabeles, seguido
del arrastrar metálico de una espada sobre las raíces.
Dicen que una silueta coronada
emerge entre la niebla, con el cetro alzado y la mirada fija en quienes se
atreven a penetrar en sus dominios.
Si alguna vez escuchas sus pasos,
no pronuncies su nombre.
Si ves brillar su corona entre
los árboles, no intentes seguirlo.
Y si una voz grave, surgida de
las profundidades de la noche, te pregunta si has visto a los traidores que le
arrebataron su reino…
No respondas.
Porque Hölldark aún busca a sus
asesinos.
Y mientras exista una sombra en
la que ocultarse, mientras el viento siga susurrando entre los árboles y la
noche continúe extendiendo su manto sobre el mundo, el rey traicionado seguirá
vagando.
Con su espada.
Con su cetro.
Y con la única compañía de un
bufón que llora por un reino que jamás volverá.








Espectacular el personaje , la historia y las fotos 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻😘
ResponderEliminarMuchas gracias, ma alegra que te haya gustado
Eliminar