MonteInferno 3: El Trono de Sthauron

 

En las profundidades donde la luz del mundo jamás ha llegado, se abre la gruta de Sthauron, príncipe del Infierno. El salón es una caverna colosal, tallada por fuerzas antiguas y crueles, donde gigantescas piedras negras emergen del suelo como colmillos de obsidiana. De sus grietas brotan lenguas de fuego eterno y vapores de azufre que tiñen el aire de un resplandor rojizo y sofocante. Cada respiración quema. Cada sombra parece viva.






A ambos lados del trono aguarda la guardia real. Demonios guerreros alados, de armaduras fundidas en hierro sangrante, permanecen inmóviles como estatuas vivientes, con lanzas incandescentes clavadas en el suelo ardiente. Cerca de Sthauron gruñen los perros del Infierno, bestias de ojos en llamas y fauces humeantes, encadenadas con eslabones de hierro maldito, acechan cuales criaturas musculosas, de piel gris tensa sobre huesos marcados, siempre hambrientos, siempre atentos, oliendo el miedo como si fuera alimento.







En el centro se alza el trono. No fue forjado: fue invocado. Una enorme mano esquelética de piedra se eleva desde la roca viva, sus dedos curvados formando el asiento del soberano infernal. Bajo ella, un trono de calaveras demoníacas, pulidas por siglos de sufrimiento, sostiene el peso de su poder. Detrás, un arco monumental de roca negra se arquea como las costillas de un dios muerto, cubierto de runas talladas en una lengua prohibida, palabras que susurran condenas a quienes osan mirarlas demasiado tiempo.







En aquel salón, todo espera. Todo observa. Y sobre el trono, Sthauron reina, dueño del silencio, del fuego y de las almas perdidas.






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