Capítulo 5: Krathor - El Dios maldito

 

La Caída y Ascenso de KRATHOR, Dios menor de la destrucción

 

Antes de que el hombre pusiera pie en la tierra, cuando el mundo aún era joven y crudo, los Dioses Elementales dominaban todo cuanto existía. No tenían forma corpórea, eran la esencia misma del fuego, del agua, de la tierra y del aire. Sin embargo, en aquellos tiempos, la tierra estaba bajo el yugo de Titanes colosales y Dragones primordiales, criaturas de poder inmenso que subyugaban a todas las criaturas de la tierra y que impedían a los Dioses realizar su designio: poblar la tierra con los hombres, sus hijos predilectos.

 

Para librar aquella guerra, los Dioses forjaron un guerrero gigantesco, el ser más poderoso y brutal que su magia elemental fue capaz de crear: KRATHOR, un dios menor nacido del fragor de las tormentas y la violencia de los volcanes. Concedido el título de Señor de la destrucción, fue enviado como brazo armado de los Elementales.





 

Durante siglos, KRATHOR combatió sin descanso. Hundió sus garras en la carne de los Titanes, quebró sus huesos con sus manos desnudas y arrancó de los cielos a los Dragones, desgarrando sus alas y bañándose en su sangre ardiente. Fue la herramienta perfecta de los Elementales: incansable, feroz, implacable. Y cuando la última bestia cayó desmembrada sobre los campos de ceniza, el mundo quedó por fin preparado para la llegada de los hombres.

 

Cubierto de cicatrices y su cuerpo convertido en una montaña de heridas, KRATHOR se presentó ante los Dioses Elementales. Con voz de trueno exigió su recompensa: un trono entre los Dioses Primigenios, un lugar en la eternidad que había ganado con cada gota de sangre derramada.



 

Pero los Elementales lo despreciaron.

“No eres más que una herramienta”, sentenciaron.

“No tienes esencia eterna, no puedes compartir nuestra gloria.”





 

La traición fue atroz: en lugar de elevarlo, lo arrojaron al Abismo, encadenado en el fuego del Infierno. Allí sufrió tormentos sin fin. Cada día era desgarrado por demonios forjados de odio, y cada noche el fuego del averno lo quemaba hasta sus huesos. Pero el sufrimiento no lo debilitó: lo fortaleció. Con cada grito y cada herida, su furia creció, y con ella su poder.

 

Así, el dios traicionado se transformó. Ya no era un guerrero divino, sino un monstruo demoníaco: una mole de músculos y llamas, con un corazón ennegrecido por el rencor. Su nombre fue borrado de los cantos de los hombres, pero en los abismos se susurraba con temor: KRATHOR, el Titán Demoníaco.




 

Mil años pasaron. Luego mil más. Hasta que el Príncipe Sthauron, señor del Séptimo Infierno, abrió las cadenas que lo apresaban. El milenario príncipe buscaba un aliado en su lucha por la supremacía infernal, y KRATHOR, hambriento de venganza, le juró lealtad eterna.

 

Ahora habita en el corazón de un volcán maldito, el Monte Inferno, donde la roca arde y el mundo tiembla con cada respiración suya. Allí aguarda, acumulando odio, esperando el día en que ascenderá de nuevo al mundo de los vivos.




 

Su propósito es único y absoluto: destruir a los hombres, esas frágiles criaturas que los Dioses Elementales amaron más que a él. Solo cuando su sangre empape la tierra y los templos de los Elementales estén reducidos a ceniza, KRATHOR habrá cumplido su venganza.

 

Y en ese día, no quedará criatura, dios ni demonio que pueda detenerlo.

Porque ya no es un dios menor, ni un simple guerrero.

Es la encarnación de la furia eterna.

Es KRATHOR, Señor del infierno, Titán del Infierno, el ser más poderoso que jamás haya existido… El profanador de mundos





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