La Caída y Ascenso de KRATHOR,
Dios menor de la destrucción
Antes de que el hombre pusiera
pie en la tierra, cuando el mundo aún era joven y crudo, los Dioses Elementales
dominaban todo cuanto existía. No tenían forma corpórea, eran la esencia misma
del fuego, del agua, de la tierra y del aire. Sin embargo, en aquellos tiempos,
la tierra estaba bajo el yugo de Titanes colosales y Dragones primordiales,
criaturas de poder inmenso que subyugaban a todas las criaturas de la tierra y que
impedían a los Dioses realizar su designio: poblar la tierra con los hombres,
sus hijos predilectos.
Para librar aquella guerra, los
Dioses forjaron un guerrero gigantesco, el ser más poderoso y brutal que su
magia elemental fue capaz de crear: KRATHOR, un dios menor nacido del fragor de
las tormentas y la violencia de los volcanes. Concedido el título de Señor de
la destrucción, fue enviado como brazo armado de los Elementales.
Durante siglos, KRATHOR combatió
sin descanso. Hundió sus garras en la carne de los Titanes, quebró sus huesos
con sus manos desnudas y arrancó de los cielos a los Dragones, desgarrando sus
alas y bañándose en su sangre ardiente. Fue la herramienta perfecta de los
Elementales: incansable, feroz, implacable. Y cuando la última bestia cayó
desmembrada sobre los campos de ceniza, el mundo quedó por fin preparado para
la llegada de los hombres.
Cubierto de cicatrices y su
cuerpo convertido en una montaña de heridas, KRATHOR se presentó ante los
Dioses Elementales. Con voz de trueno exigió su recompensa: un trono entre los
Dioses Primigenios, un lugar en la eternidad que había ganado con cada gota de
sangre derramada.
Pero los Elementales lo
despreciaron.
“No eres más que una
herramienta”, sentenciaron.
“No tienes esencia eterna, no puedes compartir nuestra gloria.”
La traición fue atroz: en lugar
de elevarlo, lo arrojaron al Abismo, encadenado en el fuego del Infierno. Allí
sufrió tormentos sin fin. Cada día era desgarrado por demonios forjados de
odio, y cada noche el fuego del averno lo quemaba hasta sus huesos. Pero el
sufrimiento no lo debilitó: lo fortaleció. Con cada grito y cada herida, su
furia creció, y con ella su poder.
Así, el dios traicionado se
transformó. Ya no era un guerrero divino, sino un monstruo demoníaco: una mole
de músculos y llamas, con un corazón ennegrecido por el rencor. Su nombre fue
borrado de los cantos de los hombres, pero en los abismos se susurraba con
temor: KRATHOR, el Titán Demoníaco.
Mil años pasaron. Luego mil más.
Hasta que el Príncipe Sthauron, señor del Séptimo Infierno, abrió las cadenas
que lo apresaban. El milenario príncipe buscaba un aliado en su lucha por la
supremacía infernal, y KRATHOR, hambriento de venganza, le juró lealtad eterna.
Ahora habita en el corazón de un
volcán maldito, el Monte Inferno, donde la roca arde y el mundo tiembla con
cada respiración suya. Allí aguarda, acumulando odio, esperando el día en que
ascenderá de nuevo al mundo de los vivos.
Su propósito es único y absoluto:
destruir a los hombres, esas frágiles criaturas que los Dioses Elementales
amaron más que a él. Solo cuando su sangre empape la tierra y los templos de
los Elementales estén reducidos a ceniza, KRATHOR habrá cumplido su venganza.
Y en ese día, no quedará
criatura, dios ni demonio que pueda detenerlo.
Porque ya no es un dios menor, ni
un simple guerrero.
Es la encarnación de la furia
eterna.
Es KRATHOR, Señor del infierno,
Titán del Infierno, el ser más poderoso que jamás haya existido… El profanador
de mundos








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