En las profundidades del
inframundo, donde la luz jamás osa descender, tres demonios sirven al Gran
Señor Sthauron, portadores de su voluntad y heraldos de la ruina.
Sharknüm, el Devorador de
Pecados, vaga entre los lamentos eternos. Su cuerpo es cadavérico, sin rastro
de carne, sólo hueso ennegrecido por antiguas blasfemias. De su espalda cuelgan
alas raídas como estandartes de muerte, y en sus manos huesudas descansa una
guadaña que siega no cuerpos, sino culpas. Allí donde pasa, los condenados
sienten sus pecados ser arrancados de sus almas… y con ellos, su última
esperanza.
Sharnaghüll, el Embaucador, es
quien alimenta el hambre del abismo. Esbelto como una torre profana, con
grandes alas membranosas y brazos interminables rematados en garras colosales,
surca los mundos mortales disfrazado de promesa y deseo. Seduce, engaña y
cosecha carne y almas, llevándolas a las fauces de los demonios. Su risa, dulce
como miel envenenada, precede siempre a la desaparición de los incautos.
Y en las sombras que ni siquiera
el fuego infernal ilumina, mora Shandor, el Hechicero. Sus ojos arden con
conocimiento prohibido, y sus palabras son susurros que quiebran la razón. Con
un gesto, siembra paranoia; con un conjuro, desata el caos. Ejércitos enteros
han caído sin espada alguna, destruidos por la locura que Shandor libera en sus
mentes.
Juntos, los tres inclinan la
cabeza ante Sthauron. Donde su señor señala, ellos llevan hambre, engaño y
demencia. Y cuando los portales del inframundo se abran por completo, sus
nombres serán lo último que escuche el mundo antes de arder.







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